Atención: Los
nombres de unas personas en esta historia se han cambiado por respecto
a la privacidad de todos.
Con
un fuerte empujón dado por el capitán Torres, Pedro tropezó con una roca
y cayó al piso. Al frente suyo vio a su mujer y a sus dos hijas huyendo,
cargaban las fundas con las pocas pertenencias que habían podido rescatar.
Miró hacia atrás y con furia vio su casa arder.
Tres
días antes, en el pueblo de Palenque, Yo había llegado a la parroquia
de la ciudad. Llegué con ganas de hacer un poco de trabajo comunitario
en mis vacaciones. Con curiosidad, noté el pequeño pueblo y a su humilde
gente. Las calles estaban limpias y la gente muy cordial, los niños andaban
en triciclos alrededor de la plaza y los viejos jugaban dominó en el
parque. Me di cuenta que Palenque, en toda su humildad, era un pueblo
alegre. De pronto, me encontré con la casa parroquial, donde me hospedaría
el resto de la semana. Toqué el timbre y un señor robusto de pelo blanco
y cara arrugada abrió la puerta. “¿Vos sos Xavier?” preguntó el cura. “Ese
mismo” contesté sonriendo y pensé, “este tipo de seguro es vasco”. “Pues
bienvenido, soy el padre Joaquín y el de allá atrás es Aitor”. En la
parte trasera de la casa se encontraba un señor alto, de ojos verdes
y con una sonrisa dijo “Bienvenido a tu casa Xavier”. “Este también es
vasco” pensé nuevamente. Luego de presentarme y agradecerles su amabilidad
a Joaquín y a Aitor, me retiré a desempacar mis cosas.
Al
otro extremo del pueblo se encontraba la estación policial de Palenque. Cuatro
paredes mal pintadas y un letrero de lata oxidada que decía “Policía
Nacional: Palenque” conformaban la descuidada estación. El capitán Torres,
sentado hablando por teléfono, reclutaba policías para la operación especial
llamada “Desalojo inminente de La Yuca”. Al cabo del día, con ofrecimientos
de 25 hectáreas a cada colaborador, había reclutado a 200 policías de
alrededor de la provincia. El capitan Torres sonreía y se encontraba
dichoso de su capacidad para organizar todo tan rápido y eficazmente.
Luego, llamó por radio a su intendente y con orgullo le dijo “Mándeme
los carros y las armas porque mañana comienzan los desalojos”.
La
mañana
siguiente, me desperté temprano y de mal genio ya que el gallo de la
parroquia cantó a las 4 de la mañana. Esperé hasta las ocho para salir
a desayunar y me encontré con Aitor. Conversamos por una hora mientras
desayunábamos huevos revueltos. Yo, curioso de saber en que consistía
la labor que se hacía en Palenque, me enteré del programa de las Comunidades.
Estas Comunidades eran organizadas por la parroquia en todo el sector
alrededor de Palenque. “Estas son las bases de todo nuestro trabajo,” explicaba
Aitor. “La Comunidad consiste en un grupo de campesinos de un recinto
unidos para ayudarse mutuamente. Los sacerdotes, doctores y voluntarios
se encargan de enseñar conocimientos básicos a los campesinos, como lavarse
bien, lavar los alimentos, ahorrar, hacer jabones y muchas cosas más”. “Me
encantaría ver el trabajo que han hecho,” le dije. “Vamos pues hombre,” dijo
Aitor con apuro. Nos levantamos y partimos hacia la Comunidad de San
Jacinto.
Llegamos
al pueblo de San Jacinto y lo primero que observé fue una capilla que
estaba en construcción. “Esa capilla se está construyendo gracias a tu
tío” dijo Aitor. Me enorgullecí del trabajo que hacia mi tío, quien había
sido el que me impulsó a hacer trabajo comunitario en Palenque. En el
pueblo había una gran peladora de arroz, un tractor y varias
bodegas que contenían diferentes productos básicos. Aitor me contó a
que todo lo que veía se había comprado con el fondo de la Comunidad.
Los campesinos de San Jacinto tenían un par de años siguiendo el consejo
de Aitor y habían logrado comprar varios productos como la peladora y
el tractor que ayudaban a todos los campesinos del área. Mientras tanto,
yo conversaba con un señor del pueblo que decía “Ejh que la piladora
ej lo mejor de lo mejor, yia no tenemos que ir ajta asha leeejos en el
pueblo para que nos cobren carisisisimo por la pilada; ahora ej grati
y acasito no ma.” Poco a poco, comprendía la inmensa ayuda que las Comunidades
brindaban a los campesinos. Después de conocer
a otros pueblerinos, me di cuenta que con la poca educación que le gente
tenía, esta valoraba su trabajo, su pueblo, sus vecinos y sus valores
más que cualquier otra persona que había conocido en su vida. Al retorno
hacia Palenque, un amargo sentimiento de culpa me abrumó. Estaba impresionado
por la nobleza de esa humilde gente. “Se cuidan entre todos y la Comunidad
los ha ayudado muchísimo” le decía yo a Aitor en el carro. “Así es, con
las Comunidades esta gente ahora puede ahorrar, cosa que antes ni sabían
que era; ya no se mueren de hambre en el invierno,” contestó Aitor.
Esa misma tarde, después de 3 horas de manejar, llegamos a un recinto llamado
Santa Marta. Era la primera visita que alguien de la parroquia hacia
al recinto. Aitor quería que yo ayudara a organizar al recinto por primera
vez en una Comunidad. “Nos vamos a separar y tu vas a visitar las casas
alrededor del estero” dijo Aitor. “¿Y qué le digo a las personas? pregunté. “Pues
cuéntales de todo lo que viste en San Jacinto” dijo Aitor, como si fuera
algo obvio. Aún inseguro de lo que iba a decir, tuve que aceptar la tarea.
Al final del día había visitado varias casas y en cada una de estas me
habían ofrecido comida y regalos. No entendía como estas familias que
vivían en una casa de caña, sin electricidad y sin cocinas, en pobreza
de llorar, me ofrecían almuerzo. Ya había almorzado seis veces y no más
porque ya no podía comer más. En mis manos cargaba nueve fundas de arroz
y siete de maní que me habían obsequiado. Todas las familias que visité habían
accedido a formar una Comunidad.
Aunque me fue bien en mi primer día de trabajo, estuve callado y pensativo
en el viaje de regreso hacia la casa parroquial. Al llegar, comí y subí para
quedarme el resto de la noche en mi cuarto pensando. Nunca había visto
tanta pobreza y miseria, y a pesar de todo eran unas de las personas
más amables y generosas que había conocido. En mi inocencia, era difícil
creer que alguien pudiera ser tan feliz viviendo en tanta miseria como
lo hacían estas personas. Nada consolaba mi pena y los sentimientos de
culpa e impotencia que sentía al no poder hacer más por esa gente. Con
rabia cogí mi pluma y comencé a desahogarme en mi cuaderno.
“Vamos a comenzar en el sector Sur de La Yuca”, decía el Cap. Torres, quien
se encontraba esa misma noche planeando los desalojos con los 200 policías
reclutados. De sorpresa, entró a la estación el gobernador de la provincia,
Armando Miranda, un señor de baja estatura, con lentes y una sonrisa
de payaso. Estaba acompañado de una señora cuarentona, alta y bien vestida
que miraba a su alrededor con ojos pícaros. “Buenas”, saludó el gobernador. “Les
presento a la señora Ana María Freire, ella es la dueña de la hacienda
La Yuca y la que generosamente les ha ofrecido las 25 hectáreas por ayudar
a recuperarla”. Muchos de los policías aplaudieron y silbaron en honor
a la señora, quien sin hacer ningún gesto se volteó y se apresuró hacia
la puerta diciendo, “Vamos, Armando”.
Los policías partieron en rumbo a crear desgracias. Llegaron a eso de la
media noche a La Yuca. Su primera víctima fue la familia de Pedro Román.
Con fuerza bruta sacaron a Pedro
y su familia. Quemaron la casa junto a la mayoría de sus pertenencias
y como si fuera poco, terminaron quemando las cosechas que Pedro había
ahorrado para los duros meses de invierno. Pedro, ignorante de las causas
de tal desdicha, fue a parar junto a su familia a Palenque. Le tocó la
puerta al padre Joaquín, y le contó todo. Yo me preparaba para ir a dormir
cuando escuché las voces y los lloriqueos de los niños en la casa. Bajé y
encontré a Pedro con su familia. Escuché su historia y junto al padre
Joaquín y a Aitor tratábamos de consolar a los niños de Pedro. Aitor
y Joaquín estaban confundidos sobre el acontecimiento, ya que no había
excusa legal para desalojar a Pedro por lo que él era propietario del
terreno y la casa, de la cual solo quedaban cenizas. Afortunadamente,
la esposa de Pedro había logrado sacar el título de propiedad antes de
que la botaran de su casa. Por lo tanto, Aitor dijo que en la mañana
iría a averiguar a la estación de policía sobre el suceso. Joaquín le
dijo a Pedro y a su familia que eran bienvenidos en la casa de la parroquia.
Esa noche yo comparté el cuarto con los hijos de Pedro y por primera
vez, en esa cálida noche, entendí el verdadero poder de la tristeza al
ver a los niños llorar del dolor que sentían al entender que la noche
no era una terrible pesadilla, sino la cruda e injusta realidad.
El amanecer estuvo plagado de preocupaciones. Aitor y Joaquín comenzaron
a hacer llamadas a los policías y a la alcaldía de Palenque. Los policías
alegaron que sus métodos eran necesarios y totalmente legales. Decían
tener el respaldo del gobernador y las órdenes de evicción de los residentes
del recinto La Yuca. Aitor, tomado de rabia, gritaba en el teléfono e
insultaba a los policías. Segundos después colgó el teléfono y dijo “los
infelices me cerraron y no me quisieron explicar nada”. Mientras tanto,
Joaquín hablaba con el alcalde de Palenque. Minutos después cerró el
teléfono. Perturbado y afligido dijo, “esta evicción viene de la gobernación,
y el alcalde no puede hacer nada”. Nadie podía comprender el por qué de
tales evicciones y peor todavía, la descarada violación de los derechos
humanos. De pronto sonó el timbre de la puerta y la casa se llenó de
más dolor. Eran tres familias más que llegaban en busca de ayuda. Sus
historias eran iguales que la de la familia de Pedro. Habían sido desalojados
por los policías pero esta vez, los policías se habían portado menos
inhumanos, les habían dado tiempo de empacar sus pertenencias antes de
quemarles la casa a las tres pobres familias.
“¡Aquí acabó esto!”, gritó el padre Joaquín. “Aitor y Xavier, llamen y escriban
cartas a todos los periódicos que puedan, tenemos que dar luz a esta
noticia, que la gente sepa de estas atrocidades”. Con prisa, me dediqué a
llamar a los periódicos de Guayaquil. Aunque en medio de esto, se me
ocurrió una mejor idea. Decidí llamar a un tío mío, quien por casualidad
era un abogado de alta calaña. Le conté la historia, y le pedí que ayudara
en lo que pudiera. Mi tío mandó a todo su estudio jurídico a trabajar
en este caso. En un día averiguaron todos los detalles del desalojo y
los argumentos legales para tal acción policial. Descubrieron que todo
era ilegal y no había ley que respaldara la petición de la familia Freire,
y que la verdadera razón detrás de todo no era una “legal herencia de
las tierras” como decía la familia Freire, sino una excusa de obtener
tierras y por ende, dinero. Por su lado, Aitor logró que varios periódicos
de la ciudad, al igual que dos periódicos españoles y uno argentino fueran
informados de los sucesos. Muchos mandaron periodistas a cubrir los eventos,
pero los policías impidieron la entrada de cualquier miembro de la prensa
o de cualquier abogado al recinto La Yuca. Los únicos que entraban eran
policías armados y los únicos que salían eran familias desalojadas. Ese
día el evento más trágico pero a la vez más decisivo ocurrió. Joaquín
llegó a la casa maldiciendo, miró a Aitor y a mi y con desesperación
dijo “¡quemaron la escuela! Los malditos botaron a los niños de las aulas
y han quemado la escuelita de LaYuca”.
Las fuerzas de los voluntarios se movían. Los periódicos imprimían noticias
del desalojo, grupos humanitarios reclamaban justicia y los abogados
del estudio de mi tío presentaban denuncias ante la Gobernación. Tuve
que reunir la mayor cantidad de evidencia, incluyendo fotos y testimonios
de las víctimas para mandar al estudio para que así pudieran presentar
denuncias válidas. En un par de días los sucesos llegaron a los oídos
del Ministro de Agricultura del país por medio de una carta de mi tío.
El Ministro tomó medidas inmediatamente. Primero, contactó al Padre Joaquín,
quien le explicó todo con detalle y le dio los nombres de algunas familias
víctimas de las atrocidades. En cuanto supo todo lo ocurrido, llamó e
informó al presidente. El presidente había estado informado de los sucesos
desde hace varios días. Pero, casualmente, cuando tanto el gobierno español
y argentino mandaron cartas expresando preocupación sobre los sucesos
en La Yuca, éste decidió actuar. Con eficacia y autoridad destituyó al
Gobernador Miranda y al Cap. Torres e inició una investigación sobre
lo ocurrido en La Yuca. Los policías fueron arrestados y se devolvieron
las tierras que ilegalmente habían ocupado. A la señora Freire no le
hicieron nada. La ley aparentemente no la podía tocar. Con esas órdenes,
las autoridades habían parado en un día, una semana de miseria. A todas
las víctimas el gobierno les dio un fondo para que reconstruyeran las
casas y también cupones de comida para que pudieran sustentarse hasta
que puedan replantar sus cosechas. La escuela de La Yuca fue reconstruida
y mejorada, y el gobierno obviamente se aseguró que la prensa estuviera
presente en la inauguración de esta nueva escuelita. Por lo menos, las
atrocidades había cesado y la justicia había prevalecido.
Por primera vez en esa semana dormí sin angustias en la parroquia. Al día
siguiente tuve que regresar a Guayaquil. Los 10 días que había estado
en Palenque parecían tan irreales. En estos días había vivido y aprendido
más que en todo el año. Fui forzado a ver la crueldad del hombre y la
miseria humana en persona. Cuando vi los restos de las casas quemadas,
las cenizas y las montañas de madera quemada, la inocencia en mí murió como
si hubiera sido quemada con esas casas. Yo regresaba a Guayaquil desilusionado,
sorprendido y convertido en una nueva persona. Nunca pensé que en estos
momentos de la historia humana, la violación descarada de los derechos
humanos que ocurrió en La Yuca fuera posible. Triste era mi regreso,
pero también optimista. Pues había conocido a gente que verdaderamente
vivía para luchar injusticias como esas y también me conformaba con el
hecho de que yo había contribuido con una pequeña parte en la solución,
parte en la justicia. En mis recuerdos quedaría La Yuca y su gente, la
Comunidad y una solidaridad que jamás había presenciado. Para siempre
recordaría esas vacaciones, pues la experiencia vivida ahí había tenido
un impacto profundo en mi vida y en mis valores.
“Chao Joaquín, chao Aitor; muchísimas gracias por todo”, dije al despedirme. “Te
esperamos el próximo año”, respondió Aitor. “Espérenme
los próximos veinte años sucesivamente”, dije sonriendo. Cerré la puerta
y me fui a la cuidad. Nunca jamás volvería a ser la misma persona.